En las calizas y dolomías de las sierras penibéticas y en las del norte de África, entre rocas claras y suelos secos, crece esta anthyllis, una planta discreta hasta que, llegada la primavera, se llena de múltiples cabezuelas peludas de color amarillo -polycephala: de muchas cabezas- que caen péndulas sobre los taludes y laderas donde vive. Sus hojas pequeñas, blanquecinas y peluditas le permiten pasar desapercibidas cuando no están en flor y lo más importante, aguantar ese sol de justicia y la escasez de agua en el cada vez más largo verano andaluz.
Pertenece a las leguminosas y, como otras plantas de esta familia, ayuda a enriquecer el suelo gracias a su capacidad para convertir el nitrógeno del aire, con ayuda de unas bacterias, en amonio, asimilable como nutriente a través de las raíces. Un provechoso matrimonio de conveniencia pues ambas, bacteria y leguminosa, salen beneficiadas, incluso aquellas otras plantas que alrededor, invitadas o no, asisten al banquete.

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