lunes, 6 de julio de 2026

Costa Rica X y última: Cafetal Doka y Volcán Poás, donde esta vez las nubes olvidaron cerrar la puerta

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Último día en Costa Rica. Para no perder la costumbre, toca madrugar pues nos recogen temprano para ir primero al cafetal Doka, una de las grandes haciendas cafeteras del país, donde desayunaremos también, para trasladarnos después hasta el cráter del volcán Poás. A ver si hay suerte y hoy podemos verlo despejado.

De camino al cafetal, atravesamos la ciudad de Alajuela, capital de la provincia homónima, la conocida como "Ciudad de los mangos", donde cada casa, cada patio, cada parque se precia de dormir bajo su sombra y saborear sus frutos. Este apelativo tiene su origen a finales del siglo XIX cuando su plaza central fue adornada con estos árboles asiáticos. Con el tiempo, el mango se transformó en el alma de la población, un símbolo de hospitalidad y el eje de tradiciones como su famosa Fiesta del Mango, donde reparten y regalan bolsas repletas de jugosos y aromáticos frutos a vecinos y visitantes.  


Visita al cafetal Doka

"Bajo el toldo verde y tupido de los cafetales, el día transcurría en un ritmo de manos febriles y espaldas dobladas. Hombres, mujeres y carajillos se hundían entre las hileras de plantas cargadas, donde el aire apenas corría, pesado por el olor a tierra húmeda y a miel de fruto maduro. Cada uno defendía su 'corte', su hilera asignada, avanzando palmo a palmo con el canasto atado fuertemente a la cintura. Los dedos, teñidos ya por la savia oscura y pegajosa del arbusto, se movían con una agilidad experta, desgranando las ramas ricas en rubíes.

A veces, un grito lejano cortaba el silencio verde: era el mandador vigilando que no se quedaran granos perdidos en el suelo o que no se mezclaran hojas en la recolecta. Al mediodía, el cansancio se aplacaba un momento a la sombra de un higuerón, desatando los pañuelos para comer el arroz y los frijoles fríos sacados de las hojas de plátano. Pero la tregua era corta. Había que llenar los sacos antes de que cayera la tarde, cuando el sol empezaba a retirarse y las carretas aguardaban junto al camino para medir las cajuelas. El cuerpo dolía, las piernas pesaban por el barro, pero en el alma del peón latía la terca esperanza de que aquellas hileras ajenas le dieran, al menos, el sustento para el crudo invierno."

Fabián Dobles: El Sitio de las Abras


La historia del café en Costa Rica comenzó alrededor de 1750, cuando los colonizadores españoles introdujeron las primeras plantas traídas directamente desde las Antillas, plantas que a su vez procedían de Etiopía, la cuna mundial del grano.

Durante años se ha sembrado café de las dos variedades que existen, la robusta, que da una gran cantidad de frutos y alta concentración de cafeína, pero cuya calidad es baja, y la variedad arábica, menos productiva y con menores niveles de cafeína, pero que destaca por brindar un grano de más calidad, lleno de aromas y matices.

Hoy en día, por ley, en Costa Rica solo se permite sembrar café de la variedad arábica, quedando prohibido el cultivo de robusta.

Para explotar el máximo potencial de la variedad arábica, el país apostó por el cultivo de altura. El mejor café costarricense se produce en terrenos ubicados entre los 1200 y los 2000 metros sobre el nivel del mar, donde las bajas temperaturas de la montaña ralentizan la maduración del fruto, concentrando los azúcares y los ácidos deseados.

Aunque existen fincas de gran extensión como la Hacienda Doka (que abarca unas 60 hectáreas), donde estamos, la mayoría de las plantaciones son pequeñas, de productores independientes.

Cafetal 

El ciclo anual del cultivo del café arranca en los meses de marzo y abril con las primeras lluvias, dando paso a una hermosa floración que dura entre 4 y 5 semanas. Tras meses de desarrollo, la temporada de cosecha se concentra estrictamente en los meses más frescos y secos, yendo de octubre a febrero.

La recolección es un proceso riguroso, artesanal y selectivo:

Cosecha 100% manual: Se recoge única y exclusivamente la fruta madura, aquella que ha alcanzado un color rojo intenso. Los granos verdes se dejan intactos en la planta para campañas posteriores.

Mano de obra especializada: Se calcula que el proceso requiere un promedio de 2 recolectores por cada hectárea. El grueso de estos trabajadores está compuesto por temporeros nicaragüenses, quienes migran estacionalmente al país atraídos por la campaña agrícola.

Granos de café en la planta

Flores de la planta del café

El esfuerzo y rendimiento diario del recolector se mide en los centros de acopio utilizando una unidad tradicional de volumen: la cajuela, que equivale a unos 13 kg de café en fruta.

El sistema económico diario funciona bajo las siguientes premisas:

  • Se pagan 4 dólares por cajuela entregada.
  • Un recolector experimentado logra sacar entre 40 y 60 dólares diarios.
  • Como método de control y tradición, a los recolectores se les paga con fichas de metal o plástico. Al final de la jornada o de la semana, los temporeros pueden cambiar estas fichas por dinero en efectivo o por productos de primera necesidad dentro de la propia hacienda.


Antigua tabla de control del número de cajuelas recogidas

Una vez entregado el fruto rojo, el café entra al "beneficio" (así se llama la planta de procesamiento), donde el agua juega un papel fundamental. Se utiliza la fuerza hidráulica para lavar y transportar el grano a lo largo de los canales de la planta.

En este punto, el proceso técnico es sumamente minucioso:

  • Separación por tamaño: Los granos se criban mecánicamente bajo la regla de oro de que, a tamaño más grande, mayor calidad.
  • Fermentación: Los granos ya despulpados se dejan reposar en tanques de agua durante dos horas para una fermentación controlada que elimina el mucílago (la capa gelatinosa) y potencia sus notas aromáticas.
  • El secado al sol: Si el clima es favorable y hace buen tiempo, el café se extiende en grandes patios al sol durante 5 días. Para que el secado sea homogéneo, el grano se mueve rigurosamente cada 45 minutos. Si empieza a llover o cae la noche, el café se tapa rápidamente con lonas para protegerlo de la humedad ambiental.
  • El secado a máquina: Si el clima es adverso, se recurre a secadoras industriales (guardiolas) que completan el proceso en solo día y medio.


Máquina de cribado y fermentación

Pasando junto a una antigua máquina secadora

Patio donde se secaban los granos de café cuando el buen tiempo permitía el secado al sol durante el día

Una vez seco, al café se le quita la cáscara exterior restante (el pergamino). El grano limpio resultante —conocido como café verde— se guarda en sacos de yute y se almacena en bodegas durante un periodo de tres meses para que repose y estabilice sus componentes químicos.

Finalmente, el café se envasa para su exportación en sacos estándar de 45 kg, cuyo valor en el mercado internacional oscila entre los 250 y 300 dólares.

El café de Costa Rica se vende siempre sin tostar por una razón de conservación científica crucial:

  • El café sin tostar aguanta su aroma hasta año y medio (18 meses), actuando el grano crudo como una cápsula protectora hermética.
  • Si se exportara ya tostado, al entrar en contacto con el aire se volvería poroso y perdería todo su aroma en solo dos semanas. Al venderlo verde, se garantiza que viaje protegido y que, al llegar a su destino, cada país termine el proceso con el tostado al gusto de cada zona y mercado local.



Los granos de café en crudo, con su cascarilla

El tueste final que recibe el grano verde en el país de destino no solo define el color del café, sino que altera drásticamente sus compuestos químicos y la respuesta biológica de quien lo consume:

  • Menos tostado (Tueste ligero): Al someter al grano a menos calor, se preservan intactos los ácidos orgánicos naturales. El resultado es una taza con más acidez y notas frutales. Además, al no degradarse por las altas temperaturas, retiene una mayor concentración de cafeína.
  • Más tostado (Tueste oscuro): El calor prolongado destruye los ácidos orgánicos naturales (desvaneciendo la acidez) y disminuye por volatilización la concentración de cafeína. Ofrece una taza más amarga, con notas ahumadas o a chocolate.

El efecto diurético: Se experimenta de forma mucho más notable con el café menos tostado debido a su alta concentración de cafeína. Desde un punto de vista biológico, la cafeína estimula los riñones y es detectada por el organismo como un elemento extraño (un alcaloide) que altera su equilibrio. Para protegerse y recuperar la normalidad, el cuerpo activa un mecanismo de defensa rápido para eliminarla a través de la orina, incrementando notablemente la necesidad de ir al baño.

Usadas antaño en las labores del cafetal, estas antiguas carretas tiradas por bueyes, con sus adornos de gala, son hoy una atracción turística y uno de los símbolos de la Costa Rica rural.


Volcán Poás

El volcán Poás es un estratovolcán próximo a la ciudad de Alajuela y a San José. Con una altitud de 2.708 metros sobre el nivel del mar, es uno de los más activos de toda Centroamérica. Su asombroso, enorme y desnudo cráter resalta aún más por estar rodeado de un exuberante bosque nuboso que es posible apreciar ya desde la carreterita que en continuos zigzags llega hasta casi su cumbre.

El origen del nombre "Poás" ha sido motivo de debate entre historiadores y geógrafos. Durante los inicios de la colonización española, el macizo era conocido simplemente como "Volcán de los Botos", en referencia a la tribu indígena que habitaba en sus faldas norteñas. Sin embargo, a partir del siglo XVII, empezó a utilizarse la denominación actual se cree debido a la abundancia de arbustos espinosos en sus laderas. Del volcán de las “púas” derivaría por deformación el nombre de Poás.

Fue llegar, y las nubes se abrieron dando paso a un cráter despejado y enorme

con su laguna hirviente en el centro

Datos y curiosidades sobre el volcán Poás:

  • El cráter principal es uno de los más grandes de la Tierra: mide 1,32 kilómetros de diámetro y tiene unos 300 metros de profundidad. 
  • Ostenta el récord de poseer uno de los cráteres tipo géiser más grandes del mundo: en sus periodos de alta actividad, expulsa columnas de lodo y agua ácida a alturas colosales, llegando a alcanzar alturas de más de 10 km.
  • En el fondo del cráter activo descansa una laguna de color verde esmeralda. Su nivel de acidez es extremo, con un pH cercano a cero, lo que la hace altamente tóxica para cualquier forma de vida.
  • Debido a las constantes lluvias ácidas y gases sulfurosos que emanan de las fumarolas, la vegetación circundante ha mutado. Los árboles crecen con tamaños reducidos, similares a bonsáis naturales, creando un paisaje de extraño aspecto, como de otro mundo. 
  • A unos cientos de metros del infierno de azufre se encuentra la Laguna Botos, un cráter extinto ocupado por una laguna de agua fría y cristalina, rodeada de un denso y pacífico bosque nuboso. 
  • Con más de 40 erupciones registradas desde el año 1828, el Volcán Poás sigue respirando constantemente, recordándonos el inmenso y vivo poder de la Tierra.
  • Especialmente recordada es la erupción de 1910: el 25 de enero de 1910 el agua de la laguna interior entró en contacto directo con magmas profundos, desatando una colosal erupción freatomagmática. La explosión generó una gigantesca columna de gases, vapor y ceniza que alcanzó una altura de entre 8.000 y 12.000 metros sobre la cumbre del volcán. La nube eruptiva fue tan inmensa que se vio con total claridad y asombro desde el centro de San José y gran parte del Gran Área Metropolitana. El coloso expulsó de golpe unas 640.000 toneladas de material, incluyendo cenizas, lodo hirviente y proyectiles balísticos (piedras gigantes).
  • La última actividad eruptiva significativa del Volcán Poás se ha registrado a finales de abril de este mismo año: Los días 27 y 28 de abril, el Observatorio Vulcanológico de Costa Rica constató erupciones de tipo freático con pulsos explosivos. Estas levantaron columnas de material y sedimentos oscuros que alcanzaron hasta 1.000 metros de altura sobre el cráter. Unas semanas antes se documentó un inusual colapso en la pared interna del cráter. Este evento provocó una liberación repentina de gases acumulados, ceniza, y levantó el nivel de la laguna ácida unos tres metros, abriendo a su vez un nuevo campo de fumarolas. Estas manifestaciones volcánicas hicieron que se cerrara el acceso al Poás. De haber ido tres semanas más tarde, no habríamos podido subir.


El bosque nuboso en los alrededores del volcán

Panorámica de la laguna Botos

con ese color azul verdoso casi imposible

El volcán Poás y la leyenda de Rualdo
En la cima donde el mundo se rompe en fuego, el coloso de piedra despertaba con un rugido de siglos. El cielo se vistió de ceniza y la tierra, temblando en su lecho de basalto, exigía una ofrenda de carne y juventud para calmar su entraña ardiente. Hacia el abismo fue conducida la doncella, una niña huérfana de manos de trigo, cuyos ojos reflejaban la última luz de una selva condenada a morir bajo ríos de lava.
Pero el amor tiene alas, y el dolor, una melodía inmensa.
Desde la copa de un roble milenario, el Rey Rualdo contempló el destino de su amiga. Él no tenía entonces el manto de esmeralda que hoy presume; era un ave de plumaje pálido, gris como la niebla de la tarde, pero Dios le había otorgado el tesoro más sagrado de la montaña: una voz capaz de conmover a las estrellas. Con el pecho henchido de coraje, el pequeño habitante del bosque voló hacia la boca misma del monstruo, desafiando las ráfagas de azufre que ya quemaban sus alas.
Se posó en el borde del precipicio y, ante el rugido del monstruo, opuso la fragilidad de su canto.
Fue un trino de una belleza desgarradora, una corriente de notas puras que flotó sobre el mar de fuego. El ave cantó a la vida, al verde de los árboles, al rocío de la mañana y a los ojos de la doncella. En cada nota, el Rualdo ofrecía un pacto supremo: "Toma mi voz, gigante de piedra; quédate con mi canto para siempre, pero devuélvele el aliento a la que amo".
El volcán, conmovido por aquel milagro de música y lealtad, detuvo su aliento de fuego. Un silencio sagrado cayó sobre la cordillera. El coloso sintió un frío de siglos transformarse en ternura y, por primera vez en su existencia, rompió a llorar. Las lágrimas del monstruo, densas, tibias y místicas, brotaron a borbotones, inundando el fondo del cráter ardiente hasta sepultar la lava bajo un manto de aguas verdes e impenetrables.
La doncella se salvó, pero el milagro exigió su tributo de luz y silencio.
El calor de los vapores secó para siempre la garganta del ave, dejándola muda en el bosque para el resto de los tiempos. Sin embargo, el resplandor de la tierra ardiente, agradecido por su valentía, tiñó sus plumas con los colores del fuego y de la selva: un traje de verdes brillantes, oros encendidos y destellos celestes. Desde entonces, el Rualdo habita los bosques nubosos de Poás en absoluto silencio, vistiendo en sus alas la joya que le robó a la muerte, mientras el volcán duerme su sueño de piedra, custodiando su inmensa lágrima de agua.
El rey Rualdo, o simplemente rualdo, el ave de la leyenda, es este colorido pájaro de nombre científico Chlorophonia callophrys.
              A este pájaro de leyenda no le vimos las plumas  (Foto sacada de Internet)

Monochaetum vulcanicum - Flor de volcanes, un endemismo de las cordilleras volcánicas de Costa Rica

Gunnera insignis - Paraguas de pobre

Centropogon gutierrezii - Flor del colibrí

Ulex europaeus - Retamo espinoso, la planta que terminaría por darle nombre al volcán



Para evitarnos problemas con el tráfico y ya que de vuelta pasábamos muy cerca, acordamos que nos dejarían en el aeropuerto Juan Santamaría sin tener que volver al hotel.
Y llegamos con tiempo suficiente ¡y sin atascos! ¡milagro! 
Nos sobró tiempo para hacer cola en la facturación, comer tranquilamente, pasear por sus instalaciones y fotografiar esta enorme rana de ojos rojos, todo un símbolo de Costa Rica.


Viaje tranquilo y más o menos, a la hora prevista, aterrizaje en Madrid.

De vuelta en casa y pasados ya algunos meses, muchos son los recuerdos inolvidables de este viaje que nos siguen visitando, de este país, de sus paisajes, su naturaleza y sus gentes, pero si con algo me quedo, por nimio y tonto que parezca, es con el vuelo nocturno de decenas de luciérnagas en los canales de Tortuguero, cuando mis ojos de viejo volvieron a sentir con corazón de niño.

martes, 30 de junio de 2026

Costa Rica IX: Corcovado, aventurilla en la última frontera salvaje

                                                                  Mapa inicio



"Penetrar en la selva de Corcovado es como hacer un viaje al pasado geológico de la Tierra, un retorno a los orígenes del mundo vegetal y animal. Bajo la inmensa catedral verde de sus árboles, donde la luz se filtra apenas como un polvillo dorado, el tiempo parece detenerse. Cada criatura, desde la más minúscula hormiga melipona hasta el jaguar que vigila en la penumbra, cumple un papel sagrado en este equilibrio perfecto. Aquí, el biólogo se despoja de su rigidez científica para convertirse en un meditador, un testigo humilde de la fuerza vital más intensa de nuestro planeta."

Álvaro Wille Trejos,  "Corcovado: Meditaciones de un biólogo"


Entre Manuel Antonio y la localidad de Sierpe, donde cogemos el barco para ir a Corcovado, llanuras ocupadas por plantaciones de palma para la obtención de aceite.

El aceite de palma, con la crisis de las explotaciones bananeras, se ha convertido en otro producto clave clave en la economía de Costa Rica, sobre todo en esta zona del Pacífico Sur.

Una palmera africana -como se llama aquí- tarda entre 2 y 3 años en producir sus primeros racimos de fruta aptos para la cosecha comercial tras ser plantada en el campo. A partir de ese momento, la planta inicia una fase de producción continua durante todo el año, alcanzando su rendimiento máximo entre los 4 y 15 años de edad. Su vida útil comercial se extiende hasta los 25 o 30 años, momento en el que se reemplaza debido a que su gran altura dificulta la recolección manual de los frutos.

Su proceso de obtención exige rapidez: los frutos se cosechan y procesan en menos de 24 horas mediante cocción al vapor, triturado y prensado mecánico. De la pulpa se extrae el aceite crudo y de la semilla el de palmiste, aprovechando los residuos sólidos para generar la energía que permite el funcionamiento de las fábricas de procesado.

Este aceite, tan denostado en Europa, destaca por su alto rendimiento y versatilidad. Al no aportar minerales por ser grasa pura, su valor radica en su textura cremosa y resistencia al calor, cualidades que lo hacen indispensable en la mitad de los productos del supermercado, desde galletas hasta cosméticos.

Pese a su éxito y aporte de vitaminas A y E en estado crudo, su uso genera intensos debates: su procesamiento elimina  gran parte de esas vitaminas, su  alto contenido de grasas saturadas dañan nuestro sistema cardiovascular y su cultivo tiene un impacto negativo sobre el medio ambiente ya que en muchos casos, deforestan zonas de selva para obtener suelos cultivables. 

Kilómetros a ambos lados de la carretera de palma africana o palma de aceite (foto de internet)

Un carro cargado de frutos dispuesto para llevarlo a la planta extractora (foto de internet)


Después de un par de horas de camino, llegamos a Sierpe.

El puerto fluvial de Sierpe es el punto obligatorio para cualquiera que pretenda llegar a la Península de Osa o al Parque Nacional Corcovado a no ser que tengas posibles para pagarte un helicóptero privado. Allí, en un espacio donde apenas caben tres lanchas cómodas, se monta durante el día un movimiento aparentemente caótico que desafía todas las leyes de la organización a los ojos del asombrado turista.

Por un lado, están "los directores de orquesta": los boteros y capitanes locales. Con una destreza digna de cirujano, acomodan en lanchas techadas de fibra de vidrio una cantidad absurda de cargamento. En el mismo viaje viajan cuatro mochileros americanos o europeos agobiados por el calor, tres neveras gigantes llenas de pescado, una lavadora para un hotel ecológico, seis garrafas de combustible y un racimo de plátanos. Los organizadores mueven a la gente con la autoridad de un general, gritando apellidos extranjeros imposibles de pronunciar para que los turistas se monten en el bote correcto antes de que suba o baje la marea, que es la que verdaderamente dirige este trasiego.

La fauna humana que transita por el muelle es un espectáculo aparte. Conviven en perfecta armonía los locales que cargan bolsas y sacos con productos diversos, sin sudar una gota, y los turistas, blindados con sombreros de safari, pantalones desmontables y tres capas de protector solar, mirando el agua con el pánico de quien cree que un cocodrilo saltará a morderles el pasaporte. Todo esto ocurre mientras los botes colectivos esquivan a los pequeños botes pesqueros, creando un embotellamiento de proas y motores fuera borda que se resuelve mágicamente a punta de bocinazos, risas y órdenes que uno no entiende.

El muelle de Pto. Sierpe

con su ajetreo de barcas, personas y bultos varios

Llega nuestro bote y nuestra hora y embarcamos con cuatro personas más, a cada cual más peculiar: el “capitán” y su acompañante, dos jóvenes mulatos, de la tierra, un hombre negro joven, con gafas oscuras, bermudas y elegante camisa que parece sacado de la serie Corrupción en Miami, y un rastafari que aparte del enorme nido de oropéndola que llevaba en la cabeza, tenía unas rastas que le llegaban por debajo de la rodilla. Y todos descalzos ¿?

Nuestro "capitán" y algunos pasajer@s

"Rumbo sur, donde la tierra se vuelve océano,
se yergue Corcovado, catedral de sombras vivas.
Aquí la lluvia tiene voz de trueno antiguo
y el mar muerde la arena con dientes de espuma verde.
El aire es un suspiro denso, verde, eterno,
donde las lapas cruzan como flechas de fuego escarlata
rasgando el lomo esmeralda de la montaña virgen."
Daniel G. Campos 

Surcando las aguas

junto a otras lanchas que parecen competir en ver quién llega primero

A velocidad de moto acuática atravesamos los canales del río Sierpe, un paisaje maravilloso de laberínticos ríos de agua, selvas y manglares por los que transitan los botes guiados por los lugareños como si fuera el salón de su casa. Así, relajados pero a la vez expectantes ante todo lo que pasaba por delante de nuestros ojos, llegamos al final del río, a la famosa y temida boca de Sierpe, donde las aguas dulces se estrellan de frente contra las olas del océano Pacífico. Justo ahí, el capitán se transforma: de pie, analiza el ritmo de las olas y, en el momento exacto, acelera a fondo para surfear el bote entre la espuma. Mientras nosotros, asustados, pegamos el culo y aguantamos como podemos cada salto de la lancha, dándole la bienvenida al mar abierto.

Manglares a uno y otro lado

y el mar, bastante agitado a nuestro parecer

Pero, ¿quién pensó que la emoción acababa aquí? Al llegar a Puerto Drake vemos que no hay muelles flotantes, sino que directamente nos tenemos que lanzar al agua. Nos quitamos las zapatillas y cuando la lancha encalla en la arena y las olas rompen contra la popa, hay que pegar ese salto confiando en no tropezar y terminar zambulléndote en el agua. Menos mal que nos echaron una mano con las maletas que si no, no sé cómo hubiéramos bajado.

Una vez en la arena, el panorama es un poema visual. Grupos de turistas aquí y allá, con zapatos y sin zapatos, maletas y mochilas por la playa, cargas que entran y cargas que salen y locales que tratan de poner un poco de orden y llevar a cada uno a su alojamiento.


Puerto Drake -pronunciado draque-

En la arena, sanos y salvos

A nosotros, después de un momento de incertidumbre, vienen a buscarnos con una ranchera y por carriles de tierra, cruzando algún río y pueblos dispersos, llegamos a nuestro hotel, unos bungalós en medio de la selva y junto a la playa, en el Rincón de San Josecito.

Cena temprana – a las seis y media –, rato de lectura en el porche y a la cama, pues mañana hay que madrugar para ir a San Pedrillo y hacer una ruta por el P.N. Corcovado. 


Ruta por Corcovado - Estación biológica de San Pedrillo

"Adormecida en una hamaca por el calor y el ruido de las olas... La viejecita del rancho vecino contaba un cuento a sus nietas... Todo comenzó una noche de luna llena. Era el mes de marzo, el de la marea más alta del año. Las olas se levantaban como queriendo llegar hasta la misma luna..."

"Los pececillos se ocultaban en el fondo del mar, temerosos de que las olas los arrastraran hacia la orilla... Los cangrejos no salían de los agujeros..."

Julieta Pinto: La Niña y El Mar


A las cinco y media, cuando aún no había amanecido, desayuno típico y a eso de las seis, paseo por la alargada playa de San Josecito para llegar a uno de sus extremos, el Rincón, donde nos recogen en un bote que viene de Pto. Drake con más personas. Aquí las olas parecen que pegan con menos fuerza y es más fácil realizar la maniobra de subida y bajada de viajeros. Esta vez hemos sido precavidos y llevamos las zapatillas de agua puestas y las botas en la mochila.

Al llegar a San Pedrillo, misma maniobra. Le vamos cogiendo gustillo a esto de subir y bajar de la barca saltando al agua.

En este parque, como en otros de Costa Rica, no está permitido llevar ni comida ni plásticos. En la entrada, dos guardas controlan nombres y mochilas. En ese momento, ¡sorpresa! un tapir - o danta, como la llaman aquí -viene andando tranquila por la playa, hasta que se da cuenta de que otros turistas desembarcan junto a ella y en ese momento se asusta, acelera y recorre rápido todo el resto de arenal para desaparecer en la espesura de la selva.

Esperando en el Rincón la llegada de nuestro bote

Un grupo de turistas embarcando en otra barca

Un tapir aparece andando por la orilla

Tapirus bairdii - Tapir o danta

La danta o tapir centroamericano es el mamífero terrestre más grande de Costa Rica y una pieza clave para sus ecosistemas. Conocida como la "jardinera del bosque", consume frutos y hojas de más de 120 especies de plantas, dispersando semillas fertilizadas a lo largo de grandes distancias, lo que permite la regeneración natural de las selvas costarricenses.

Aunque habita desde zonas costeras como el Parque Nacional Corcovado hasta los fríos páramos de altura, este dócil gigante prehistórico se encuentra en peligro de extinción. La fragmentación de su hábitat, los atropellos viales y la caza furtiva amenazan su supervivencia, haciendo que los esfuerzos de conservación en el país sean vitales para proteger su futuro.



El desembarco de turistas y la danta que en ese momento pasa

El Parque Nacional Corcovado, con una extensión de 42.400 hectáreas terrestres y 5.354 marinas, está considerado uno de los lugares biológicamente más variados del mundo. Este santuario alberga el 2,5% de la biodiversidad mundial en apenas el 0,001% de la superficie del planeta, protegiendo el último gran bosque tropical húmedo virgen del Pacífico americano.

En este ecosistema conviven más de 500 especies de árboles, 140 de mamíferos y 370 de aves. Es un refugio vital donde habitan las 4 especies de monos de Costa Rica, la mayor población de guacamayas rojas del país y grandes felinos como el jaguar, además de la danta, que puede superar los 300 kilos de peso.

Para proteger este tesoro, el turismo está estrictamente regulado y la entrada se hace exclusivamente con guías certificados a través de sus seis estaciones biológicas. 


Pequeña laguna junto a la estación biológica en la que un cartel advertía de la presencia de cocodrilos. No veíamos ninguno.

Cruzando un pequeño río

El grupo con el que hoy vamos lo forman unas veinte personas de distintas nacionalidades, principalmente europeos. Con nosotros van dos guías, que tras cruzar un pequeño río, nos dividen en dos para así facilitar la caminata y las explicaciones que de vez en cuando nos van dando.

Por un camino entre la selva y la playa

Boa constrictor  o boa emperador descansando en la rama de un árbol

Corteza del árbol conocido como ceibo barrigón - Pseudobombax septenatum -

Este árbol destaca por su corteza verde con clorofila, que le permite realizar la fotosíntesis incluso tras perder sus hojas en la época seca. Su tronco abombado funciona como un tanque que almacena agua para resistir las sequías del bosque tropical. Además, posee un ciclo de vida fascinante: sus llamativas flores en forma de brocha abren solo de noche para ser polinizadas por murciélagos, mientras que sus frutos liberan semillas envueltas en una fibra algodonada, usada tradicionalmente para rellenar almohadas. Finalmente, es un árbol con una asombrosa capacidad de regeneración, lo que permite a los agricultores costarricenses sembrar sus ramas como postes de cercas vivas que vuelven a crecer.

Ara macao - Guacamaya roja o lapa

La guacamaya roja, conocida en Costa Rica como lapa roja, es una de las aves más espectaculares y emblemáticas del país, destacando por su gran tamaño de hasta 90 centímetros de longitud y su vibrante plumaje de vivos colores. Esta especie monógama, que viaja en parejas y forma ruidosas bandadas, cumple un rol ecológico vital como dispersora de semillas en los bosques húmedos tropicales. Aunque en el pasado sus poblaciones disminuyeron drásticamente debido a la caza furtiva y la pérdida de hábitat, los exitosos programas de conservación y reintroducción han logrado recuperar su presencia de forma notable. Hoy en día, el Parque Nacional Corcovado alberga las mayores poblaciones del país de estas coloridas aves volando libres en su entorno natural.


Una guacamaya comiendo los frutos del almendro de mar, su alimento preferido

Flores amarillas de la majagua o clavelón de playa

Cerca, otro árbol de la misma especie con flores naranjas

Nos acercamos a la costa rocosa donde diversas aves andan de aquí para allá en busca de comida: piqueros, ostreros, un gavilán cangrejero y una garza imperial trastean entre las rocas.

Haematopus palliatus - Ostrero americano

El mar, rocas, arena y selva

De nuevo nos vamos hacia el interior

donde un Basilisco rayado -Basiliscus vittatus- toma el sol

Trichonephila clavipes - Araña de seda dorada
Su tela es tan fuerte que es capaz de atrapar a un colibrí y ha sido utilizada como hilo para pescar.

Nido de termitas arborícolas

junto a la playa

donde una multitud de cangrejos ermitaños del Pacífico -Coenobita compressus -  corretean por todos lados, aunque si te acercas mucho, rápidamente se esconden en su casa provisional

El cangrejo ermitaño es un fascinante crustáceo semiterrestre de abdomen blando que se protege usando conchas vacías de caracoles marinos. Son célebres por su comportamiento social cooperativo, llegando a formar ingeniosas cadenas de intercambio donde se traspasan las conchas ordenadamente por tamaño. Además, poseen antenas con un olfato ultrasensible para detectar alimento a gran distancia y dependen por completo de las pozas de marea para mantener sus branquias húmedas para poder respirar. Aunque suelen parecer frágiles a simple vista, estos asombrosos animales son sumamente longevos y pueden superar los 30 años de vida en su entorno natural.


En Corcovado se desarrolla un bosque primario con árboles de cientos de años,

lianas que alcanzan decenas de metros

y árboles que han desarrollado estructuras que como contrafuertes les sirven para soportar las embestidas de los ciclones tropicales

troncos que se pierden en el dosel de la selva

Grupo escuchando las explicaciones de la guía

Seguimos caminando junto a espectaculares árboles. Un guatuso se cruza rápido en el camino y en la espesura, una pareja de pavones escarba entre la hojarasca. 

Sobre los troncos y en el suelo, largas filas de hormigas cortadoras de hojas, zompopas en el habla local -Atta spp. -

Las hormigas cortadoras de hojas no comen plantas, sino que las usan como abono para cultivar subterráneamente un hongo específico que es su único alimento. Para cortar el duro follaje tropical, poseen mandíbulas que vibran mil veces por segundo y son capaces de cargar hasta cincuenta veces su propio peso. En sus hileras es común ver a obreras minúsculas viajando sobre las hojas; su función es actuar como guardaespaldas para repeler moscas parásitas que intentan atacar a la cargadora.

Sus colonias maduras albergan hasta siete millones de individuos en metrópolis subterráneas del tamaño de una cancha de tenis, equipadas con sistemas de ventilación y cámaras de basura. Para mantener la higiene, las hormigas portan en su cuerpo bacterias que producen antibióticos vivos, protegiendo el cultivo de plagas. Toda esta compleja sociedad es liderada por una reina que puede vivir hasta veinte años. Su constante actividad es vital para el ecosistema, ya que recicla nutrientes y abre espacio para que la luz solar active la vida en el suelo del bosque.

Passiflora vitifolia - Granadilla de monte

Esta zona de Costa Rica recibe una media de entre 4.000 y 6.000 l/m2 al año

aunque no lo parezca por los días radiantes que nos están haciendo

Volviendo a la laguna y el cocodrilo no aparece

Cruzando de nuevo el río

para internarnos en un nuevo camino

Tras un par de horas de caminata tranquila e instructivas explicaciones, las guías traían en diversas neveras portátiles lo necesario para una estupenda comida campestre bajo unos árboles junto a la estación biológica: una típica comida "tica" con primero, segundo y postre.

Y mientras comíamos...

el cocodrilo, que andaba surfeando las olas del Pacífico, vuelve por el río que antes habíamos cruzado.

Tras la comida, volvemos al Rincón de San Josecito. Bajar del bote ha sido algo más complicado pues las olas han aumentado de tamaño y fuerza y al barquero le ha costado varias intentonas hasta que hemos podido saltar al agua con más o menos seguridad.
(Por la noche, un muchacho que trabajaba de camarero en el hotel, nos comentaría que algunas veces, olas grandes han dado la vuelta al bote y han terminado todos los pasajeros, turistas y tripulantes, en el agua).

Y del Rincón hasta el hotel

veinte minutos de caminata

por las solitarias -de humanos- arenas de esta playa

Y en los jardines del hotel...

un grupo de monos capuchinos juegan entre los árboles

en compañía de una guacamaya roja

Por la tarde, después de una pequeña siesta al calor de la sobremesa tropical, nos vamos a hacer una pequeña caminata por el sendero que, pegado a la costa, va desde Rincón hasta Agüitas-Pto. Drake.

En una palmera muerta, un par de carpinteros se afanan en picotear el tronco supongo en busca de alguna larva que echarse al pico

Enorme ejemplar de higuerón o higuera estranguladora -ficus aurea-. Estos árboles son fundamentales para la fauna local pues sus frutos son el alimento básico de diversas especies como monos, tucanes o murciélagos.

Actitis macularius - Playero alzacolita

Al llegar a una zona rocosa, el camino 

se interna en la selva

donde un grupo de capuchinos corretean, saltan entre las ramas y nos miran con curiosidad 

no sé si fiarme mucho de este 

Morinda citrifolia - Noni

Posoqueria latifolia - Guayaba de mono

Después de un rato caminando, nos damos la vuelta

disfrutando de la placidez de la tarde,

de un martín pescador verde -Chloroceryle americana- que por allí andaba

y del sol que poco a poco va cayendo

e internándose

en ese Pacífico engañosamente pacífico


Al día siguiente, nuevo madrugón para volver al Puerto de Sierpe y de allí traslado hasta San José.

Por el camino acuático, volvemos a disfrutar

del tranquilo paisaje de manglares en las orillas del río

Los manglares del río Sierpe forman parte del Humedal Nacional Térraba-Sierpe, el sistema de manglar más grande del país. Este laberinto de canales e islas fluviales está dominado por diversas especies de mangle, cuyas complejas raíces aéreas actúan como una barrera natural contra la erosión y un filtro vital para los sedimentos. Su importancia biológica es enorme ya que funciona como una guardería marina esencial para moluscos, crustáceos y peces juveniles.

Además de su valor para las especies acuáticas, el manglar es un santuario para una espectacular biodiversidad terrestre y aérea. Al recorrer sus aguas silenciosas es común observar tres de las especies de monos de Costa Rica, caimanes, cocodrilos, perezosos y una enorme variedad de aves acuáticas y migratorias, incluyendo al martín pescador que, perchado en alguna rama baja cerca del agua, a la espera de una presa, nos puede pasar desapercibido.

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Después de desayunar junto al embarcadero de Pto. Sierpe, una buseta nos recogió sobre las diez de la mañana para emprender el viaje hacia la capital, donde pasaríamos nuestra última noche en el país. El trayecto se hizo largo y muy pesado. Para colmo, los alrededores de San José resultaron ser un auténtico caos: tardamos casi tres horas en recorrer los últimos cincuenta kilómetros. Algo comprensible si tenemos en cuenta que esta metrópoli suele destacar en los rankings internacionales de tráfico más caótico, convirtiendo los embotellamientos en parte de la rutina diaria.