martes, 30 de junio de 2026

Costa Rica IX: Corcovado, aventurilla en la última frontera salvaje

                                                                  Mapa inicio



"Penetrar en la selva de Corcovado es como hacer un viaje al pasado geológico de la Tierra, un retorno a los orígenes del mundo vegetal y animal. Bajo la inmensa catedral verde de sus árboles, donde la luz se filtra apenas como un polvillo dorado, el tiempo parece detenerse. Cada criatura, desde la más minúscula hormiga melipona hasta el jaguar que vigila en la penumbra, cumple un papel sagrado en este equilibrio perfecto. Aquí, el biólogo se despoja de su rigidez científica para convertirse en un meditador, un testigo humilde de la fuerza vital más intensa de nuestro planeta."

Álvaro Wille Trejos,  "Corcovado: Meditaciones de un biólogo"


Entre Manuel Antonio y la localidad de Sierpe, donde cogemos el barco para ir a Corcovado, llanuras ocupadas por plantaciones de palma para la obtención de aceite.

El aceite de palma, con la crisis de las explotaciones bananeras, se ha convertido en otro producto clave clave en la economía de Costa Rica, sobre todo en esta zona del Pacífico Sur.

Una palmera africana -como se llama aquí- tarda entre 2 y 3 años en producir sus primeros racimos de fruta aptos para la cosecha comercial tras ser plantada en el campo. A partir de ese momento, la planta inicia una fase de producción continua durante todo el año, alcanzando su rendimiento máximo entre los 4 y 15 años de edad. Su vida útil comercial se extiende hasta los 25 o 30 años, momento en el que se reemplaza debido a que su gran altura dificulta la recolección manual de los frutos.

Su proceso de obtención exige rapidez: los frutos se cosechan y procesan en menos de 24 horas mediante cocción al vapor, triturado y prensado mecánico. De la pulpa se extrae el aceite crudo y de la semilla el de palmiste, aprovechando los residuos sólidos para generar la energía que permite el funcionamiento de las fábricas de procesado.

Este aceite, tan denostado en Europa, destaca por su alto rendimiento y versatilidad. Al no aportar minerales por ser grasa pura, su valor radica en su textura cremosa y resistencia al calor, cualidades que lo hacen indispensable en la mitad de los productos del supermercado, desde galletas hasta cosméticos.

Pese a su éxito y aporte de vitaminas A y E en estado crudo, su uso genera intensos debates: su procesamiento elimina  gran parte de esas vitaminas, su  alto contenido de grasas saturadas dañan nuestro sistema cardiovascular y su cultivo tiene un impacto negativo sobre el medio ambiente ya que en muchos casos, deforestan zonas de selva para obtener suelos cultivables. 

Kilómetros a ambos lados de la carretera de palma africana o palma de aceite (foto de internet)

Un carro cargado de frutos dispuesto para llevarlo a la planta extractora (foto de internet)


Después de un par de horas de camino, llegamos a Sierpe.

El puerto fluvial de Sierpe es el punto obligatorio para cualquiera que pretenda llegar a la Península de Osa o al Parque Nacional Corcovado a no ser que tengas posibles para pagarte un helicóptero privado. Allí, en un espacio donde apenas caben tres lanchas cómodas, se monta durante el día un movimiento aparentemente caótico que desafía todas las leyes de la organización a los ojos del asombrado turista.

Por un lado, están "los directores de orquesta": los boteros y capitanes locales. Con una destreza digna de cirujano, acomodan en lanchas techadas de fibra de vidrio una cantidad absurda de cargamento. En el mismo viaje viajan cuatro mochileros americanos o europeos agobiados por el calor, tres neveras gigantes llenas de pescado, una lavadora para un hotel ecológico, seis garrafas de combustible y un racimo de plátanos. Los organizadores mueven a la gente con la autoridad de un general, gritando apellidos extranjeros imposibles de pronunciar para que los turistas se monten en el bote correcto antes de que suba o baje la marea, que es la que verdaderamente dirige este trasiego.

La fauna humana que transita por el muelle es un espectáculo aparte. Conviven en perfecta armonía los locales que cargan bolsas y sacos con productos diversos, sin sudar una gota, y los turistas, blindados con sombreros de safari, pantalones desmontables y tres capas de protector solar, mirando el agua con el pánico de quien cree que un cocodrilo saltará a morderles el pasaporte. Todo esto ocurre mientras los botes colectivos esquivan a los pequeños botes pesqueros, creando un embotellamiento de proas y motores fuera borda que se resuelve mágicamente a punta de bocinazos, risas y órdenes que uno no entiende.

El muelle de Pto. Sierpe

con su ajetreo de barcas, personas y bultos varios

Llega nuestro bote y nuestra hora y embarcamos con cuatro personas más, a cada cual más peculiar: el “capitán” y su acompañante, dos jóvenes mulatos, de la tierra, un hombre negro joven, con gafas oscuras, bermudas y elegante camisa que parece sacado de la serie Corrupción en Miami, y un rastafari que aparte del enorme nido de oropéndola que llevaba en la cabeza, tenía unas rastas que le llegaban por debajo de la rodilla. Y todos descalzos ¿?

Nuestro "capitán" y algunos pasajer@s

"Rumbo sur, donde la tierra se vuelve océano,
se yergue Corcovado, catedral de sombras vivas.
Aquí la lluvia tiene voz de trueno antiguo
y el mar muerde la arena con dientes de espuma verde.
El aire es un suspiro denso, verde, eterno,
donde las lapas cruzan como flechas de fuego escarlata
rasgando el lomo esmeralda de la montaña virgen."
Daniel G. Campos 

Surcando las aguas

junto a otras lanchas que parecen competir en ver quién llega primero

A velocidad de moto acuática atravesamos los canales del río Sierpe, un paisaje maravilloso de laberínticos ríos de agua, selvas y manglares por los que transitan los botes guiados por los lugareños como si fuera el salón de su casa. Así, relajados pero a la vez expectantes ante todo lo que pasaba por delante de nuestros ojos, llegamos al final del río, a la famosa y temida boca de Sierpe, donde las aguas dulces se estrellan de frente contra las olas del océano Pacífico. Justo ahí, el capitán se transforma: de pie, analiza el ritmo de las olas y, en el momento exacto, acelera a fondo para surfear el bote entre la espuma. Mientras nosotros, asustados, pegamos el culo y aguantamos como podemos cada salto de la lancha, dándole la bienvenida al mar abierto.

Manglares a uno y otro lado

y el mar, bastante agitado a nuestro parecer

Pero, ¿quién pensó que la emoción acababa aquí? Al llegar a Puerto Drake vemos que no hay muelles flotantes, sino que directamente nos tenemos que lanzar al agua. Nos quitamos las zapatillas y cuando la lancha encalla en la arena y las olas rompen contra la popa, hay que pegar ese salto confiando en no tropezar y terminar zambulléndote en el agua. Menos mal que nos echaron una mano con las maletas que si no, no sé cómo hubiéramos bajado.

Una vez en la arena, el panorama es un poema visual. Grupos de turistas aquí y allá, con zapatos y sin zapatos, maletas y mochilas por la playa, cargas que entran y cargas que salen y locales que tratan de poner un poco de orden y llevar a cada uno a su alojamiento.


Puerto Drake -pronunciado draque-

En la arena, sanos y salvos

A nosotros, después de un momento de incertidumbre, vienen a buscarnos con una ranchera y por carriles de tierra, cruzando algún río y pueblos dispersos, llegamos a nuestro hotel, unos bungalós en medio de la selva y junto a la playa, en el Rincón de San Josecito.

Cena temprana – a las seis y media –, rato de lectura en el porche y a la cama, pues mañana hay que madrugar para ir a San Pedrillo y hacer una ruta por el P.N. Corcovado. 


Ruta por Corcovado - Estación biológica de San Pedrillo

"Adormecida en una hamaca por el calor y el ruido de las olas... La viejecita del rancho vecino contaba un cuento a sus nietas... Todo comenzó una noche de luna llena. Era el mes de marzo, el de la marea más alta del año. Las olas se levantaban como queriendo llegar hasta la misma luna..."

"Los pececillos se ocultaban en el fondo del mar, temerosos de que las olas los arrastraran hacia la orilla... Los cangrejos no salían de los agujeros..."

Julieta Pinto: La Niña y El Mar


A las cinco y media, cuando aún no había amanecido, desayuno típico y a eso de las seis, paseo por la alargada playa de San Josecito para llegar a uno de sus extremos, el Rincón, donde nos recogen en un bote que viene de Pto. Drake con más personas. Aquí las olas parecen que pegan con menos fuerza y es más fácil realizar la maniobra de subida y bajada de viajeros. Esta vez hemos sido precavidos y llevamos las zapatillas de agua puestas y las botas en la mochila.

Al llegar a San Pedrillo, misma maniobra. Le vamos cogiendo gustillo a esto de subir y bajar de la barca saltando al agua.

En este parque, como en otros de Costa Rica, no está permitido llevar ni comida ni plásticos. En la entrada, dos guardas controlan nombres y mochilas. En ese momento, ¡sorpresa! un tapir - o danta, como la llaman aquí -viene andando tranquila por la playa, hasta que se da cuenta de que otros turistas desembarcan junto a ella y en ese momento se asusta, acelera y recorre rápido todo el resto de arenal para desaparecer en la espesura de la selva.

Esperando en el Rincón la llegada de nuestro bote

Un grupo de turistas embarcando en otra barca

Un tapir aparece andando por la orilla

Tapirus bairdii - Tapir o danta

La danta o tapir centroamericano es el mamífero terrestre más grande de Costa Rica y una pieza clave para sus ecosistemas. Conocida como la "jardinera del bosque", consume frutos y hojas de más de 120 especies de plantas, dispersando semillas fertilizadas a lo largo de grandes distancias, lo que permite la regeneración natural de las selvas costarricenses.

Aunque habita desde zonas costeras como el Parque Nacional Corcovado hasta los fríos páramos de altura, este dócil gigante prehistórico se encuentra en peligro de extinción. La fragmentación de su hábitat, los atropellos viales y la caza furtiva amenazan su supervivencia, haciendo que los esfuerzos de conservación en el país sean vitales para proteger su futuro.



El desembarco de turistas y la danta que en ese momento pasa

El Parque Nacional Corcovado, con una extensión de 42.400 hectáreas terrestres y 5.354 marinas, está considerado uno de los lugares biológicamente más variados del mundo. Este santuario alberga el 2,5% de la biodiversidad mundial en apenas el 0,001% de la superficie del planeta, protegiendo el último gran bosque tropical húmedo virgen del Pacífico americano.

En este ecosistema conviven más de 500 especies de árboles, 140 de mamíferos y 370 de aves. Es un refugio vital donde habitan las 4 especies de monos de Costa Rica, la mayor población de guacamayas rojas del país y grandes felinos como el jaguar, además de la danta, que puede superar los 300 kilos de peso.

Para proteger este tesoro, el turismo está estrictamente regulado y la entrada se hace exclusivamente con guías certificados a través de sus seis estaciones biológicas. 


Pequeña laguna junto a la estación biológica en la que un cartel advertía de la presencia de cocodrilos. No veíamos ninguno.

Cruzando un pequeño río

El grupo con el que hoy vamos lo forman unas veinte personas de distintas nacionalidades, principalmente europeos. Con nosotros van dos guías, que tras cruzar un pequeño río, nos dividen en dos para así facilitar la caminata y las explicaciones que de vez en cuando nos van dando.

Por un camino entre la selva y la playa

Boa constrictor  o boa emperador descansando en la rama de un árbol

Corteza del árbol conocido como ceibo barrigón - Pseudobombax septenatum -

Este árbol destaca por su corteza verde con clorofila, que le permite realizar la fotosíntesis incluso tras perder sus hojas en la época seca. Su tronco abombado funciona como un tanque que almacena agua para resistir las sequías del bosque tropical. Además, posee un ciclo de vida fascinante: sus llamativas flores en forma de brocha abren solo de noche para ser polinizadas por murciélagos, mientras que sus frutos liberan semillas envueltas en una fibra algodonada, usada tradicionalmente para rellenar almohadas. Finalmente, es un árbol con una asombrosa capacidad de regeneración, lo que permite a los agricultores costarricenses sembrar sus ramas como postes de cercas vivas que vuelven a crecer.

Ara macao - Guacamaya roja o lapa

La guacamaya roja, conocida en Costa Rica como lapa roja, es una de las aves más espectaculares y emblemáticas del país, destacando por su gran tamaño de hasta 90 centímetros de longitud y su vibrante plumaje de vivos colores. Esta especie monógama, que viaja en parejas y forma ruidosas bandadas, cumple un rol ecológico vital como dispersora de semillas en los bosques húmedos tropicales. Aunque en el pasado sus poblaciones disminuyeron drásticamente debido a la caza furtiva y la pérdida de hábitat, los exitosos programas de conservación y reintroducción han logrado recuperar su presencia de forma notable. Hoy en día, el Parque Nacional Corcovado alberga las mayores poblaciones del país de estas coloridas aves volando libres en su entorno natural.


Una guacamaya comendo los frutos del almendro de mar, su alimento preferido

Flores amarillas de la majagua o clavelón de playa

Cerca, otro árbol de la misma especie con flores naranjas

Nos acercamos a la costa rocosa donde diversas aves andan de aquí para allá en busca de comida: piqueros, ostreros, un gavilán cangrejero y una garza imperial trastean entre las rocas.

Haematopus palliatus - Ostrero americano

El mar, rocas, arena y selva

De nuevo nos vamos hacia el interior

donde un Basilisco rayado -Basiliscus vittatus- toma el sol

Trichonephila clavipes - Araña de seda dorada
Su tela es tan fuerte que es capaz de atrapar a un colibrí y ha sido utilizada como hilo para pescar.

Nido de termitas arborícolas

junto a la playa

donde una multitud de cangrejos ermitaños del Pacífico -Coenobita compressus -  corretean por todos lados, aunque si te acercas mucho, rápidamente se esconden en su casa provisional

El cangrejo ermitaño es un fascinante crustáceo semiterrestre de abdomen blando que se protege usando conchas vacías de caracoles marinos. Son célebres por su comportamiento social cooperativo, llegando a formar ingeniosas cadenas de intercambio donde se traspasan las conchas ordenadamente por tamaño. Además, poseen antenas con un olfato ultrasensible para detectar alimento a gran distancia y dependen por completo de las pozas de marea para mantener sus branquias húmedas para poder respirar. Aunque suelen parecer frágiles a simple vista, estos asombrosos animales son sumamente longevos y pueden superar los 30 años de vida en su entorno natural.


En Corcovado se desarrolla un bosque primario con árboles de cientos de años,

lianas que alcanzan decenas de metros

y árboles que han desarrollado estructuras que como contrafuertes les sirven para soportar las embestidas de los ciclones tropicales

troncos que se pierden en el dosel de la selva

Grupo escuchando las explicaciones de la guía

Seguimos caminando junto a espectaculares árboles. Un guatuso se cruza rápido en el camino y en la espesura, una pareja de pavones escarba entre la hojarasca. 

Sobre los troncos y en el suelo, largas filas de hormigas cortadoras de hojas, zompopas en el habla local -Atta spp. -

Las hormigas cortadoras de hojas no comen plantas, sino que las usan como abono para cultivar subterráneamente un hongo específico que es su único alimento. Para cortar el duro follaje tropical, poseen mandíbulas que vibran mil veces por segundo y son capaces de cargar hasta cincuenta veces su propio peso. En sus hileras es común ver a obreras minúsculas viajando sobre las hojas; su función es actuar como guardaespaldas para repeler moscas parásitas que intentan atacar a la cargadora.

Sus colonias maduras albergan hasta siete millones de individuos en metrópolis subterráneas del tamaño de una cancha de tenis, equipadas con sistemas de ventilación y cámaras de basura. Para mantener la higiene, las hormigas portan en su cuerpo bacterias que producen antibióticos vivos, protegiendo el cultivo de plagas. Toda esta compleja sociedad es liderada por una reina que puede vivir hasta veinte años. Su constante actividad es vital para el ecosistema, ya que recicla nutrientes y abre espacio para que la luz solar active la vida en el suelo del bosque.

Passiflora vitifolia - Granadilla de monte

Esta zona de Costa Rica recibe una media de entre 4.000 y 6.000 l/m2 al año

aunque no lo parezca por los días radiantes que nos están haciendo

Volviendo a la laguna y el cocodrilo no aparece

Cruzando de nuevo el río

para internarnos en un nuevo camino

Tras un par de horas de caminata tranquila e instructivas explicaciones, las guías traían en diversas neveras portátiles lo necesario para una estupenda comida campestre bajo unos árboles junto a la estación biológica: una típica comida "tica" con primero, segundo y postre.

Y mientras comíamos...

el cocodrilo, que andaba surfeando las olas del Pacífico, vuelve por el río que antes habíamos cruzado.

Tras la comida, volvemos al Rincón de San Josecito. Bajar del bote ha sido algo más complicado pues las olas han aumentado de tamaño y fuerza y al barquero le ha costado varias intentonas hasta que hemos podido saltar al agua con más o menos seguridad.
(Por la noche, un muchacho que trabajaba de camarero en el hotel, nos comentaría que algunas veces, olas grandes han dado la vuelta al bote y han terminado todos los pasajeros, turistas y tripulantes, en el agua).

Y del Rincón hasta el hotel

veinte minutos de caminata

por las solitarias -de humanos- arenas de esta playa

Y en los jardines del hotel...

un grupo de monos capuchinos juegan entre los árboles

en compañía de una guacamaya roja

Por la tarde, después de una pequeña siesta al calor de la sobremesa tropical, nos vamos a hacer una pequeña caminata por el sendero que, pegado a la costa, va desde Rincón hasta Agüitas-Pto. Drake.

En una palmera muerta, un par de carpinteros se afanan en picotear el tronco supongo en busca de alguna larva que echarse al pico

Enorme ejemplar de higuerón o higuera estranguladora -ficus aurea-. Estos árboles son fundamentales para la fauna local pues sus frutos son el alimento básico de diversas especies como monos, tucanes o murciélagos.

Actitis macularius - Playero alzacolita

Al llegar a una zona rocosa, el camino 

se interna en la selva

donde un grupo de capuchinos corretean, saltan entre las ramas y nos miran con curiosidad 

no sé si fiarme mucho de este 

Morinda citrifolia - Noni

Posoqueria latifolia - Guayaba de mono

Después de un rato caminando, nos damos la vuelta

disfrutando de la placidez de la tarde,

de un martín pescador verde -Chloroceryle americana- que por allí andaba

y del sol que poco a poco va cayendo

e internándose

en ese Pacífico engañosamente pacífico


Al día siguiente, nuevo madrugón para volver al Puerto de Sierpe y de allí traslado hasta San José.

Por el camino acuático, volvemos a disfrutar

del tranquilo paisaje de manglares en las orillas del río

Los manglares del río Sierpe forman parte del Humedal Nacional Térraba-Sierpe, el sistema de manglar más grande del país. Este laberinto de canales e islas fluviales está dominado por diversas especies de mangle, cuyas complejas raíces aéreas actúan como una barrera natural contra la erosión y un filtro vital para los sedimentos. Su importancia biológica es enorme ya que funciona como una guardería marina esencial para moluscos, crustáceos y peces juveniles.

Además de su valor para las especies acuáticas, el manglar es un santuario para una espectacular biodiversidad terrestre y aérea. Al recorrer sus aguas silenciosas es común observar tres de las especies de monos de Costa Rica, caimanes, cocodrilos, perezosos y una enorme variedad de aves acuáticas y migratorias, incluyendo al martín pescador que, perchado en alguna rama baja cerca del agua, a la espera de una presa, nos puede pasar desapercibido.

.............

Después de desayunar junto al embarcadero de Pto. Sierpe, una buseta nos recogió sobre las diez de la mañana para emprender el viaje hacia la capital, donde pasaríamos nuestra última noche en el país. El trayecto se hizo largo y muy pesado. Para colmo, los alrededores de San José resultaron ser un auténtico caos: tardamos casi tres horas en recorrer los últimos cincuenta kilómetros. Algo comprensible si tenemos en cuenta que esta metrópoli suele destacar en los rankings internacionales de tráfico más caótico, convirtiendo los embotellamientos en parte de la rutina diaria.